Aunque comúnmente se habla de ella como vitamina, la vitamina D actúa en el organismo como una hormona. Su función no se limita únicamente a favorecer la absorción del calcio y mantener la densidad de la masa ósea y muscular, sino que extiende su acción al sistema inmunitario.
Las células de la inmunidad innata cuentan con receptores específicos para esta molécula. Mantener unos niveles óptimos de vitamina D contribuye a modular la respuesta inflamatoria y a favorecer un mejor control de los síntomas en patologías autoinmunes como la artritis reumatoide, el lupus o la artritis psoriásica. Sin embargo, su aporte actúa siempre como una ayuda complementaria y no como un sustituto del tratamiento médico principal.
La suplementación a nivel general se ha viralizado en las redes sociales, extendiéndose mucha desinformación entre la población y generando dudas. Por eso, es importante, y más si se tienen patologías reumáticas o de cualquier otro tipo, consultar con profesionales antes de comenzar una pauta con algún tipo de suplemento.
Dentro de estos suplementos, los que más revuelo generan entre la comunidad de pacientes reumáticos son la vitamina D, el omega 3, el colágeno y el magnesio, entre otras, por sus diferentes “beneficios” con respecto a la salud ósea.
Diferencias entre aporte dietético y tratamiento farmacológico de la vitamina D
Con respecto a la vitamina D, se ha observado en los últimos años un descenso generalizado en la población, y por ello el aumento de la conversación en relación al uso de suplementos para mejorar los niveles.
Obtener vitamina D a través de la alimentación convencional resulta complejo, ya que está presente sólo en un reducido grupo de alimentos, como los pescados azules (salmón, sardinas), la yema de huevo y ciertas variedades de setas como las maitake o shiitake.
Por esta razón, es fundamental distinguir dos vías de aporte:
- Complementos dietéticos: aportan dosis bajas y de mantenimiento, pensadas para reforzar la ingesta diaria en épocas con menor radiación solar.
- Tratamientos pautados: responden a deficiencias severas constatadas mediante analítica. Requieren pautas específicas (semanales, quincenales o mensuales) para asegurar la corrección del déficit sin riesgo de toxicidad ni interferencias con otras medicaciones. Su administración y el tipo de molécula deben estar estrictamente pautados y monitoreados por un profesional sanitario.
Más allá de la vitamina D, existen otros compuestos con un impacto directo en el bienestar músculo-esquelético:
- Ácidos graso, Omega-3: presentes en pescados azules, nueces y semillas, son indispensables para que el cuerpo genere sus propias sustancias antiinflamatorias y mantenga la salud del sistema nervioso.
- Salud intestinal y antioxidantes: el consumo de fibra vegetal y alimentos ricos en antioxidantes alimenta la microbiota intestinal, una barrera que participa de forma activa en la modulación del sistema inmunitario y la inflamación.
- Uso de suplementos complementarios: elementos como el colágeno, el magnesio o la melatonina pueden ofrecer un soporte funcional en la relajación muscular o el descanso nocturno, aunque su utilidad varía según la situación individual y el tipo de afectación articular o del tejido conectivo. Siempre se debe valorar su uso según cada condición patológica y consultando un profesional.
- B12 y otras vitaminas B: la vitamina B12 resulta indispensable en personas que siguen dietas vegetarianas u ovolactovegetarianas. Las vitaminas del complejo B también refuerzan la salud del sistema nervioso frente al dolor crónico.
Es muy importante que los pacientes eviten la automedicación de suplementos a través de tendencias o redes sociales. Hay que recurrir a consultas con los profesionales de referencia en medicina y enfermería, así como acudir a fuentes de información acreditadas para resolver cualquier duda sobre el tratamiento diario y suplementos que se quieran incluir en el día a día.
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