La detección precoz, la medicina personalizada y los nuevos tratamientos mejoran el pronóstico de las enfermedades reumáticas en la infancia y adolescencia.
Las enfermedades reumáticas no son exclusivas de la edad adulta y también afectan a niños/as y adolescentes. Aunque la patología más frecuente en este grupo es la artritis idiopática juvenil (AIJ), con una prevalencia aproximada de un caso por cada 1.000 menores, existen otras enfermedades autoinmunes sistémicas que pueden aparecer en la infancia, como el lupus, la esclerodermia o las vasculitis. En los últimos años, los avances en el diagnóstico y tratamiento han permitido mejorar de forma significativa el pronóstico y la calidad de vida de estos pacientes. Además, “la mayor concienciación entre pediatras y especialistas de Atención Primaria, junto con el desarrollo de herramientas diagnósticas más precisas y el acceso a técnicas de imagen como la resonancia magnética o la ecografía articular, han contribuido a mejorar significativamente el reconocimiento precoz de estas patologías”, destaca la Dra. Berta Magallares, del Servicio de Reumatología del Hospital Universitari de la Santa Creu i Sant Pau (Barcelona).
En el marco del curso “Lo mejor del año en Reumatología Pediátrica 2026” de la Sociedad Española de Reumatología (SER), que se ha celebrado los días 26 y 27 de junio en formato virtual, la especialista ha destacado también los progresos en genética e inmunología, que han permitido identificar enfermedades que anteriormente resultaban difíciles de clasificar, especialmente en el ámbito de las enfermedades autoinflamatorias.
“Hoy contamos con más herramientas diagnósticas, un mejor conocimiento de los mecanismos que las provocan y un acceso más amplio a técnicas de imagen que facilitan la toma de decisiones en la propia consulta. Todo ello permite actuar antes y mejorar el pronóstico de los pacientes”, destaca la especialista y una de las coordinadoras del curso.
Uno de los ejemplos más relevantes es la artritis idiopática juvenil (AIJ), cuyo tratamiento ha vivido una auténtica transformación durante las últimas dos décadas. La incorporación de terapias biológicas y tratamientos dirigidos ha permitido controlar la inflamación de forma más eficaz, modificando favorablemente la evolución de la enfermedad. Además, el avance hacia estrategias terapéuticas personalizadas facilita adaptar el tratamiento a las características de cada paciente y ajustar la medicación en función de la respuesta clínica.
En el caso de las enfermedades autoinflamatorias, el conocimiento de los mecanismos genéticos e inmunológicos implicados ha permitido identificar nuevas patologías y desarrollar tratamientos específicos contra moléculas clave de la inflamación, mejorando de forma significativa la calidad de vida de los pacientes.
Pese a estos avances, en opinión de la Dra. Magallares, “persisten desafíos importantes. Entre ellos, lograr un diagnóstico precoz en todos los casos, especialmente en enfermedades poco frecuentes; avanzar hacia una medicina cada vez más personalizada; optimizar la retirada segura de tratamientos; y garantizar una adecuada transición de los pacientes desde las consultas pediátricas a las de adultos”.
Terapias regenerativas en edad pediátrica
Las terapias celulares emergen como una de las líneas de investigación más prometedoras en Reumatología pediátrica, especialmente las terapias CAR-T. “Aunque su uso se ha desarrollado principalmente en adultos con enfermedades autoinmunes sistémicas, los resultados obtenidos han despertado un creciente interés en su posible aplicación en población infantil, ya que los datos disponibles en enfermedades autoinmunes muestran resultados muy esperanzadores”, señala la Dra. Eugenia Enríquez, del Servicio de Reumatología del Hospital Universitario 12 de Octubre (Madrid).
Actualmente, estas terapias se están investigando sobre todo en niños/as con enfermedades autoinmunes sistémicas graves, como el lupus eritematoso sistémico o la dermatomiositis juvenil, así como en casos muy refractarios o complejos de AIJ. Aunque la experiencia todavía es limitada y se basa en casos aislados, los resultados preliminares apuntan a la posibilidad de alcanzar remisiones sostenidas que permitan controlar la enfermedad e incluso suspender los tratamientos inmunosupresores. “Los resultados son muy prometedores, pero debemos ser prudentes porque todavía no disponemos de datos a largo plazo que confirmen su eficacia y seguridad”, advierte la especialista.
No obstante, -añade- la implantación de estas terapias en la práctica clínica pediátrica se enfrenta a importantes desafíos. Entre ellos destaca la escasa experiencia acumulada en este colectivo, el riesgo de efectos adversos potencialmente graves, el elevado coste del tratamiento y su disponibilidad limitada a centros altamente especializados. Además, fuera de los ensayos clínicos, su utilización se restringe actualmente a casos excepcionales mediante prescripción fuera de indicación. Aun así, las expectativas son positivas. “Esperamos que en los próximos años dispongamos de más evidencia que nos permita utilizar estas terapias con mayor seguridad y, probablemente, en fases más tempranas de la enfermedad, evitando tratamientos crónicos y reduciendo el daño asociado, con una clara mejora en la calidad de vida de los niños/as”, concluye la Dra. Enríquez.


